Unidad de Apoyo Digital a la Docencia de la Universidad CEU San Pablo
Emiliano Blasco Doñamayor (Vicerrector de Planificación Estratégica y Cultura Digital – USPCEU)
Pongámonos en situación. Una profesora de la asignatura Bioquímica Básica (1º del Grado en Medicina) mira su pantalla desconcertada. El trabajo de Lucas, uno de sus alumnos, es impecable, casi demasiado perfecto. ¿Lo ha escrito él o será obra de la inteligencia artificial? ¡Bienvenidos al nuevo campo de batalla educativo!
Desde que la inteligencia artificial generativa (IA en adelante) llegó a nuestras vidas, las opiniones sobre su impacto han sido diversas y polarizadas, especialmente en el mundo académico. Algunos imaginan a los alumnos aprovechándose de ella para reducir su esfuerzo; otros la ven como una herramienta poderosa para apoyar la educación, ahorrar tiempo en tareas repetitivas del profesorado o personalizar las clases según las necesidades del alumnado. Desde la Unidad de Apoyo Digital a la Docencia (UADD) de la Universidad CEU San Pablo, entendemos que existen matices: ni todo es blanco ni negro, sino que hay una amplia gama de grises.
Una de las mayores preocupaciones actuales es la detección del plagio en los trabajos académicos. Aunque existen numerosas herramientas para este propósito, su efectividad es cuestionable. Un ejemplo claro fue el cierre, el 20 de julio de 2023, del detector de uso de IA de OpenAI por su baja precisión. Nuestra experiencia en la Universidad CEU San Pablo indica que estas herramientas suelen ser más eficaces con usuarios novatos en el uso de IA o que no revisan los textos generados. Sin embargo, la capacidad de detección disminuye si el texto ha sido “humanizado” o modificado significativamente. Es un ciclo sin fin: a medida que avanzan las herramientas de detección, también lo hacen las que refinan los textos generados por IA.
Es crucial transmitir a los alumnos la importancia de un uso ético y responsable de la IA, fomentando también la reflexión sobre la veracidad de la información que ésta proporciona. A nivel educativo, la IA puede ser una aliada para profundizar en temas, analizar conceptos desde perspectivas distintas y mejorar la comprensión general. Pero también es fundamental que los estudiantes adquieran habilidades para validar las fuentes y detectar errores o sesgos.
El reto principal está en la adaptación a los continuos cambios que trae consigo la IA. La irrupción rápida y arrolladora de esta tecnología en el ámbito educativo requiere un proceso de aceptación y adopción. Ver a la IA como una aliada implica conocer sus beneficios y limitaciones, así como desarrollar competencias que permitan un uso crítico y eficaz.
El cambio en los paradigmas académicos debe considerar los siguientes puntos:
1. Demanda del mercado laboral: Los empleadores ya buscan perfiles que dominen la IA. Por ello, es vital preparar a los alumnos para que sepan usarla críticamente y con una base documental sólida. No basta con copiar y pegar; deben aprender a discernir la información válida.
2. Desarrollo de estrategias: Los estudiantes deben aprender a usar la IA de manera efectiva, entendiendo sus limitaciones, como los sesgos y las “alucinaciones” (datos
inventados). Es crucial iniciar cualquier investigación con una base documental firme y complementarla con herramientas específicas de IA.
3. Uso docente de la IA: Los profesores también deben dominar estas herramientas, promoviendo su uso responsable y exigiendo transparencia según normas éticas y académicas.
4. Transformación metodológica: Las metodologías activas como el aula invertida (Flipped Classroom) pueden ser clave. Por ejemplo, el alumno podría realizar un trabajo previo apoyándose en la IA y luego discutirlo en clase para identificar errores y desarrollar el pensamiento crítico.
5. Nuevas formas de evaluación: Es necesario replantear las tareas académicas, asumiendo que los alumnos usarán la IA. El objetivo debe ser fomentar la reflexión y la responsabilidad, habilidades esenciales para su futuro profesional.
Herramientas como SciSpace, Perplexity y Research Rabbit, que hemos probado desde la UADD, son ejemplos de cómo la tecnología puede apoyar la investigación y la elaboración de trabajos con una base documental sólida. El profesorado puede establecer normas claras sobre su uso, exigiendo que se citen y detallen cómo han sido empleadas.
Un aspecto preocupante es la monetización de las herramientas de IA, lo que podría generar exclusión socioeconómica. Las instituciones educativas deben abordar esta desigualdad, garantizando el acceso equitativo a estas tecnologías.
El punto de partida debe ser una estrategia bien definida de cómo implementar la IA en el currículum de los grados universitarios y un diseño instruccional claro, definiendo qué queremos que los alumnos aprendan y cómo la IA puede contribuir a esos objetivos. Con esta visión, el docente podrá integrar la IA de manera efectiva en su práctica.
En conclusión, la realidad educativa está cambiando rápidamente debido a la IA. Aunque es comprensible tener recelos, debemos avanzar hacia su aceptación y uso estratégico. La clave no está en resistirse, sino en aprovechar esta herramienta para enriquecer la educación y preparar a los estudiantes para los retos del futuro. Transformar el miedo en curiosidad y adaptación será el motor que impulse una educación más integral, crítica y efectiva.