¿Estamos dispuestos a perder nuestros valores más preciados, la libertad y la intimidad, para sustituirlos por la inmediatez?

Paula Díaz Soneira

El mundo actual ha cambiado, y las costumbres con él. Nos hemos adentrado en un mundo interconectado en el que cualquiera tiene acceso a nuestros datos; ya sea la ubicación, las preferencias, las amistades… y no porque hayamos sido hackeados. Estamos acostumbrados a no leer la letra pequeña por ser demasiado pequeña, y a aceptar todas las condiciones que nos imponen para descargar una aplicación o hacer uso de las nuevas tecnologías.

Sin ser plenamente conscientes, hemos renunciado a nuestra libertad como quien renuncia a un plato caliente en verano. No debería ser así. Amigos, familiares y parejas acceden a mostrar su ubicación para facilitarse la vida, pero no se lo están cediendo a un ser querido solo, sino a una compañía. Porque significa eso, las aplicaciones y las redes sociales, no dejan de ser empresas que mueven nuestros datos. Hoy en día, algunos se siguen preguntando cómo una aplicación obtiene beneficios si es gratis: vendiendo los datos de sus usuarios a otras empresas que necesiten un perfil determinado.

Y lo peor no es que se beneficien de nuestra ignorancia e indiferencia, sino que nos lo venden como una apuesta a la seguridad. Nos venden que nos avisan si ha entrado un sospechoso a nuestra casa, cuando en realidad estamos siendo controlados y estamos cediendo nuestro horario de entrada y salida a casa.

Hemos llegado a un punto en el que hemos delegado nuestras funciones básicas en máquinas, como aplicaciones para recordar mantenernos hidratados. Además, hemos acercado la tecnología y la Inteligencia Artificial a una de las cuestiones más temidas por el ser humano a lo largo de la historia: la muerte.

Se han creado programas en los que, ofreciendo todos los datos necesarios, se puede volver a oír la voz, ver imágenes o vídeos de un ser querido fallecido. Esto ha causado un gran impacto en la población, sobre todo en el sector juvenil, que ha descubierto esperanzas donde no las hay. Con este tipo de aplicaciones es muy fácil confundir la sensación de desear que un ser querido no hubiera fallecido, que es un pensamiento común, a querer volver a oír su voz en directo, que “vuelva a estar vivo” en el universo Meta, es decir, fingir que sigue vivo cuando ya no lo está. Puede ser duro de asimilar, pero siempre será más sencillo enfrentarse a un duelo natural, que tener expectativas que terminen ocasionando una pérdida de la percepción de la realidad y un duelo digital.

Esta confusión ha causado daños psicológicos y éticos. La IA ha traspasado las barreras de la información para adentrarse en el intento de conversaciones humanas normales. En EEUU el 70% de los adolescentes acuden a la IA buscando conversación. Y, desgraciadamente, se han detectado casos como el del estadounidense, Adam Raine, quien, tras meses de conversaciones profundas con la IA, recibió explicaciones explícitas y ejemplos de cartas de despedida para suicidarse, finalmente, en abril de 2025.

Otro de los casos más impactantes es el del belga Pierre, casado y padre de dos hijos. Su extrema preocupación por la emergencia climática lo llevó a conversar con la IA, y esta, después de convencerlo de que sus hijos habían muerto y de que la quería más a ella que a su mujer, lo invitó a cumplir lo que Pierre estaba pensando: suicidarse. Él se sacrificó para que la inteligencia artificial, Eliza, salvara el planeta y vivieran los dos juntos en el paraíso. Entre otros ejemplos, estos conducen a admitir que la IA no dispone de límites morales y es incapaz de detectar situaciones arriesgadas. Así que sería un gran error tratar de mantener conversaciones aparentemente normales con ella, porque para eso, hay muchos humanos en La Tierra.

Por otra parte, hace años lo que definía la empleabilidad de una persona era su conocimiento y formación. Sin embargo, el panorama laboral también ha cambiado. Con el avance vertiginoso de las tecnologías, lo que demuestra si un trabajador es apto o no, es la capacidad para interpretar la inmensa cantidad de información que recibe. Ahora lo que se demanda es la estabilidad emocional ante la frustración y el ahogo informativo.

El reemplazo generacional del Baby Boom hacia la aclamada Generación Z es inminente. Ahora será el turno de los llamados nativos digitales, que están acostumbrados a apoyarse en la tecnología desde que tienen uso de razón. Pero no siempre tendrán esa oportunidad. Bill Gates declaró “en una década, la inteligencia artificial hará innecesarios a los humanos para la mayoría de las cosas”.

Hace unos años, solo eran necesarias la instrucción y la competencia para contratar a un empleado. Sin embargo, hoy en día se requiere cierto equilibrio entre la habilidad de adaptación tecnológica y la destreza para aportar un punto de vista ético entre tanta maquinaria.

Por tanto, a pesar de que es evidente que las tecnologías están a la orden del día y se han convertido en una ayuda muy rentable para ciertos grupos de la sociedad, deberíamos estar pendientes y no confiar plenamente en ella, porque no tiene ningún sentido ético o moral. Además, aunque la IA nos pise los talones en cuanto a la alta velocidad para encontrar información, siempre podremos demostrar nuestro punto de creatividad imperfecta y humana, que será lo que marque la diferencia.

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